Dogmas de bolsillo y dioses de pantalla
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Dios no ha muerto, se ha escondido atrás de los píxeles. En plena era de la información, los fieles abandonan las iglesias al rezo de ¡Espiritualidad sí, religión no! Las nuevas generaciones han derribado los muros institucionales en su búsqueda por llenar el vacío programado. Eligen creer, pero las doctrinas religiosas resultan demasiado estrictas para la sociedad del multitasking. En cambio, se sirven de la góndola espiritual productos que llevan los nombres de prácticas milenarias, pero en versión descartable y light. Incluso en versión rápida acción. Esto puede mitigar temporalmente el sinsentido, pero ¿cuál es el riesgo de dejar nuestra fe en manos del algoritmo? ¿Encontraremos a nuestros dioses entre tanta banalidad?
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn el último tiempo, las religiones tradicionales, al igual que la mayoría de las instituciones, han sufrido una pérdida de credibilidad. El constante ruido digital ha erosionado los grandes relatos y la sobreinformación nos ha despojado de los dogmas. Nadie parece tener tiempo para dioses con muchas reglas y pocos resultados tangibles. Menos para autoridades de naturaleza humana. La promesa de la eternidad ya no interpela a jóvenes que necesitan todo de inmediato y no tienen interés en detenerse a pensar en la muerte. Aquel infierno abrasador ya no asusta tanto cuando se tiene en frente a las más novedosas y placenteras tentaciones. En otras palabras, cualquiera puede afirmar que las instituciones de fe han perdido popularidad frente a la espiritualidad líquida posmoderna. Hoy podemos hablar de astrología, tarot, numerología, cristaloterapia y bio-hacking sin miedo a que Tomás de Torquemada nos queme en la hoguera. Es más, podemos saltar de una creencia a otra, podemos combinarlas a nuestro gusto y también abandonarlas en cualquier momento. Esta libertad es, por supuesto, indispensable y positiva. Pero hay que tener cierto cuidado, porque el capitalismo salvaje no perdona e incluso las creencias más nobles pueden ser licuadas y empaquetadas como productos de consumo.
El paso de las religiones institucionalizadas al autoservicio espiritual no indica, como se creyó en algún momento, que nos hayamos vuelto más escépticos. Por el contrario, enfrentamos un vacío profundo e inmaterial, propio de la vorágine contemporánea, que solo puede ser llenado con fe. Anhelamos y perseguimos esa fe, pero no nos detenemos a cultivarla. Imagino que el ser humano siempre ha necesitado de algo superior en lo que creer. Así se levantaron catedrales y se pelearon guerras que tardaron siglos. Pero hoy por hoy, contamos con opciones ilimitadas y menos sacrificadas para llenar ese vacío. Nos lanzamos sin guías, huérfanos, a la búsqueda de alguna nueva creencia que nos dé un norte lo antes posible.
Lo que sí indica este exilio de los templos es una serie de dificultades propias de nuestra época. Por un lado, la falta de compromiso y la necesidad de resultados inmediatos y visuales. Cada vez menos personas están dispuestas a esperar toda una vida cumpliendo una doctrina para alcanzar algo después de morir. Ese discurso pareciera quedar obsoleto frente a la velocidad contemporánea. Por otro lado, el individualismo voraz. Cada quien busca sus propias respuestas y no necesita compartirlas en comunidad. Solemos aventurarnos en una búsqueda solitaria. Estos signos sociales problemáticos disponen un suelo fértil para el misticismo a la carta. La mayoría de las nuevas creencias ofrecen una respuesta rápida y personalizada. Lo sagrado se mezcla con lo artificial. Las cartas se dan vuelta y nos dan los indicios del futuro que necesitamos, los astros definen nuestra personalidad, el reloj marca las 22:22 y un alivio supersticioso nos recorre el cuerpo.
De más está decir que todas las creencias tienen sus raíces, sus fundamentos, su estudio y merecen ser respetadas. El problema es que la saturación de opciones nos lleva a “creer” en todas sin conocer realmente ninguna. Evitamos darnos el tiempo necesario para estudiar, comprender e internalizar una creencia antes de adoptarla. En cambio, intentamos saciar nuestra sed de respuestas con la primera opción que aparece. Esta pseudo fe conciliadora está lejos de penetrar en nuestro espíritu. Podríamos llamarle fe fast-food, dado que alivia por un rato el vacío sin hacernos esperar, pero no nos nutre a largo plazo. A su vez, de la misma manera que comemos “sushi” en una franquicia, solemos relacionarnos con la versión simplificada de prácticas milenarias. Las redes sociales nos acercan una versión fácil, rápida y gratuita para todo, incluso para nuestras creencias. ¿En qué creemos entonces? ¿En lo que nos convenga? ¿En lo que se adapte a nuestra situación actual? ¿En lo que nos ofrecen? Considero que, al igual que durante toda la historia de la humanidad, creemos en aquello que nos brinde bienestar. Lo interesante entonces es pensar cómo concebimos el bienestar en la era de la información.
Mientras escribía esta columna conocí a Felipe en un cumpleaños. Yo me preguntaba si todavía era posible encontrar una verdad que se fundiera con el alma. Él me contó que estudiaba teología porque quería dedicar su vida a servir en su iglesia. Tenemos la misma edad. Abrí grande los ojos y arrastré la silla para sentarme cerca. Le hablé de mi texto e intercambiamos ideas sin juicios, sesgos ni intereses. Confesé que no pertenezco a ninguna iglesia, que mi búsqueda está fragmentada y activa. Durante el tiempo que charlamos, ni una sola notificación hizo sonar nuestros teléfonos. Pude observar en sus ojos la calma de quien ha encontrado sus respuestas. Le pregunté por qué hoy era tan difícil para los jóvenes tener fe en algo. Me dijo:
"No creo que seamos una generación más atea, los jóvenes creemos mucho. Lo que pasa es que la práctica de esa fe está más diversificada. Somos la generación del 'yo'. Tenemos tanto tiempo para pensar en nosotros mismos que terminamos ensimismados. En ese ensimismamiento, buscamos una fe que nos dé la razón, no una que nos transforme. El ser humano tiende a querer automatizarlo todo. Queremos la 'fórmula' que nos haga el camino fácil. Buscamos calmar la conciencia sin que nos cueste nada. Esto también pasa dentro del marco eclesiástico, hay gente que piensa ‘voy a la iglesia los domingos y listo, Dios me perdona’".
Esa diferencia se clavó en mi cabeza. La fe que te da la razón versus la fe que te invita a cambiar. Me pareció identificar ahí uno de los rasgos claves para discernir lo real de lo banalizado. Él siguió hablando:
"El teólogo Dietrich Bonhoeffer habla de la 'gracia barata'. Es esa idea de pensar que somos salvos, que todo está bien, pero olvidándonos del sacrificio. Habría que preguntarle a Cristo crucificado. La gente quiere los beneficios de la fe, pero no quiere la incomodidad de la fe. Cuando vos realmente te encontrás con lo sagrado, te sentís incómodo. Porque te das cuenta de que no sos igual, de que hay cosas en vos que tienen que cambiar. Invita a la humildad. Si tu espiritualidad no te incomoda, probablemente no sea real".
Me explicó que su fe se cultiva y, al igual que todo cultivo, se trabaja. Me habló de la importancia de generar un tiempo íntimo con su Dios y de la necesidad de delimitar esos momentos. Confesó que él también está atravesado por la cultura de lo efímero.
"Yo mismo tuve que desinstalar Instagram y YouTube. Me di cuenta de que pasaba una hora o dos mirando reels y después decía: 'Qué manera de perder el tiempo'. Esa sobreinformación te fragmenta, te saca del silencio que necesitás para conectar con tu fe. La constancia en el camino de la fe implica resignar ciertas distracciones y abstenerse de algunos placeres inmediatos"
Me contó que actualmente vive en una residencia junto a otras veinte personas que estudian lo mismo. Asegura que es el roce con el otro lo que más fortalece su espiritualidad. “Nadie se salva solo”, arrojé yo. Me respondió, sonriendo, “Dios siempre ha buscado un pueblo”.
Sospecho que al Dios que esté detrás de todo esto le importa poco el nombre de nuestra práctica. Al fin y al cabo, no hemos sido más que humanos intentando entender y nombrar lo divino e incomprensible. Creo que lo que realmente importa no es la etiqueta que elegimos para nuestras plegarias, sino cuidar la integridad del canal por el que intentamos conectar. En esta modernidad líquida, el verdadero desafío es proteger ese espacio sagrado como un refugio frente a la vorágine actual, evitando que se contamine con la lógica productiva inmediata o el ruido blanco de la información.
Una fe genuina no debería ser un accesorio conciliador que simplemente justifique nuestros actos o nos dé la razón en un post. Debería ser, por el contrario, una brújula que nos incomode y nos empuje a ser mejores. Un ancla que nos sostenga entre tanto movimiento. Si nuestra búsqueda espiritual solo sirve para anestesiar la falta de sentido o apaciguar nuestra conciencia temporalmente, no estamos encontrando una verdad, sino eligiendo otro producto descartable. La verdadera fe, tenga el nombre que tenga, necesita de un tiempo y un lugar particular. Da igual si se sintoniza a través de filosofías ancestrales, de la ortodoxia religiosa o de las corrientes alternativas modernas. Lo que importa es permitirnos disponer de un momento liberado del multitasking donde el silencio sea más fuerte que el algoritmo y donde el encuentro con lo invisible nos devuelva, a su tiempo, una mejor versión de nosotros mismos.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.