Silueta

Me está ocurriendo lo de siempre para estas alturas del año: confirmar que el verano está a la vuelta de la esquina, que existe la posibilidad de ir unos días a la playa, de ponerse la malla, ponerse al sol y exponerse a la mirada ajena. Y caer en la cuenta de que la figura (entendiéndose por tal el contorno, superficie, masa y volumen corpóreos) no ha sido una prioridad durante el año que finaliza.
En este 2021, con un agravante –que visto con ojos permisivos hasta podría ser un atenuante-: la pandemia.
-Y qué querés… Si estuvimos encerrados un año y medio: ni al gimnasio pude ir.
Mentira total, pero confunde a la hora del debate interior.
De manera tal que desde hace unos días (dos o tres) he decidido ser un poco más cuidadoso con lo que ingiero. En el qué y en el cuánto; en el cómo, el dónde, el por qué, con quién, para qué, etc. De manera tal que cuando me vaya a probar la malla del 2019, mínimamente me entre (o yo entre dentro de ella). Estoy seguro de que así será, porque recuerdo haberla comprado con el suficiente margen a cuenta de futuros desarreglos. Me temo, no obstante que así como están dadas las cosas me sirva solo para el movimiento medido, el paso calculado, la agachada mínima. Un descuido puede traerle aparejado una descosida largo a largo del overlokc.
A lo que voy, estos últimos (dos) días he cenado de manera frugal (no sé si soy yo solo el que asocia la palabra frugal con frutal: es decir, como poco y, encima, fruta). Así las cosas, estoy atravesando unas madrugadas harto difíciles. A mi habitual insomnio (o despertares a las dos de la mañana creyendo que ya son las nueve) le vengo a sumar hambre. Ingobernable, el hambre.
Sabiéndome con tendencia a estos desarreglos de trasnoche, he tomado la precaución de no comprar exquisiteces tales como pan y/o fiambre o piononos salados ni de dejar en la heladera milanesas hechas o un pedazo de tortilla. Es decir, en mi heladera solo hay fruta.
Así las cosas, semidormido y con un hambre de lobizón, encontrarme de pie, con la puerta de la heladera en la mano, frente a ese menú escuálido me provoca un enojo irracional. Y entendible: ninguna persona de bien y con un hambre de regular para arriba se conforma con una manzana o una pera. Digo con una, pero también puedo decir con uno o dos cajones de manzanas o peras. No es el tipo de comida para ese tipo de hambre. Necesito algo sólido, contundente. Se apodera de mí el carnívoro ancestral. No solo él, también el omnívoro. Porque bien me comería un churrasco fosilizado de la semana pasada como un cartón corrugado, madera balsa, un adorno de yeso.
Pero no. Hay manzana.
Es entonces cuando dudo aún más de la enseñanza católica que recibí a lo largo de doce años: que Adán y Eva se hayan dejado tentar (y caer en la tentación con los consabidos perjuicios para su descendencia) por una manzana y no por una pizza que sobró de la noche anterior no es creíble.
A como vengo, me doy dos días para hacerle caso a uno de los memes más sabios que puede haber en las redes sociales: “Para tener una silueta de verano solo hace falta un cuerpo y esperar al 21 de diciembre…”.
Allá voy.
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