Qué es el Parkinson y cómo impacta en la vida cotidiana de los pacientes
En el marco de las acciones de concientización sobre este trastorno neurológico que afecta a unas 100.000 personas en la Argentina, resaltaron la necesidad de un abordaje integral que combine la medicación con el ejercicio adaptado y el acompañamiento emocional para sostener la autonomía de los pacientes.
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La enfermedad de Parkinson se definió históricamente como un trastorno neurológico crónico y progresivo que afectó el movimiento de quienes lo padecieron. Este cuadro se produjo principalmente por la pérdida de neuronas que generaban dopamina, una sustancia química fundamental para el correcto control motor del organismo. Con el transcurso del tiempo, este proceso degenerativo impactó de manera directa en la autonomía de las personas y generó diversas complicaciones asociadas a la propia patología.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailA pesar de que en el país no se contó con datos estadísticos exactos, especialistas estimaron que en la Argentina unas 100.000 personas convivieron con esta afección.
La doctora Valeria El Haj, directora médica nacional de Ospedyc, explicó que la identificación temprana de las señales resultó clave para el manejo de la enfermedad. Según indicó la profesional, el Parkinson no se manifestó únicamente a través de temblores, sino que incluyó una amplia gama de alteraciones que requirieron una mirada clínica atenta. "Además de los síntomas motores, como la lentitud o las dificultades para caminar, también pudieron aparecer alteraciones del ánimo y del sueño", detalló la especialista respecto a las manifestaciones no motoras.
Los desafíos del avance de la patología y sus síntomas
En las etapas iniciales de la enfermedad, los pacientes solieron responder de manera satisfactoria al tratamiento farmacológico, logrando estabilizar gran parte de sus funciones. Sin embargo, El Haj advirtió que, a medida que la condición avanzó, surgieron complicaciones en la administración de la terapia. Aparecieron entonces las denominadas fluctuaciones en la respuesta a la medicación, un fenómeno clínico que marcó un punto de inflexión en el manejo cotidiano del trastorno por parte de los profesionales y los familiares.
Estas fluctuaciones se conocieron técnicamente como períodos ON y OFF. Durante los momentos ON, el paciente experimentó el efecto positivo de la medicación, recuperando movilidad y agilidad; por el contrario, en los períodos OFF, los síntomas reaparecieron con mayor intensidad, dificultando las tareas más simples. Esta variabilidad hizo que el seguimiento médico fuera indispensable para ajustar las dosis y los horarios de ingesta en función de la evolución de cada cuadro particular.
La directora médica subrayó que el abordaje no debió limitarse únicamente a corregir el déficit de dopamina mediante fármacos. Los síntomas relacionados con el estado de ánimo, como la depresión o la ansiedad, y los trastornos del sueño, como el insomnio o la fragmentación del descanso, incidieron profundamente en la percepción de salud del paciente. Por este motivo, se recomendó que el equipo tratante incluyera diversas disciplinas para cubrir todas las aristas de la salud mental y física del afectado.
Finalmente, la profesional remarcó que la progresión de la enfermedad no fue igual en todos los casos, lo que exigió una atención personalizada y constante. El objetivo principal de los equipos de salud consistió en prolongar la independencia funcional del individuo el mayor tiempo posible. Para ello, el conocimiento profundo de los síntomas y la detección de cambios sutiles en la conducta o el movimiento fueron herramientas esenciales compartidas entre el médico, el paciente y su círculo más cercano.
La actividad física como herramienta terapéutica fundamental
En este contexto de tratamiento, la actividad física se consolidó como una herramienta terapéutica de primer orden. Los especialistas coincidieron en que el ejercicio no debió verse como una actividad complementaria opcional, sino como una parte integral del tratamiento. No solo ayudó a mejorar la marcha y el equilibrio, sino que también fortaleció la fuerza muscular, reduciendo de manera significativa el riesgo de caídas y lesiones graves.
Además de los beneficios físicos evidentes, el deporte impactó positivamente en los aspectos neuropsiquiátricos del Parkinson. Realizar ejercicio de manera regular y adaptada a las capacidades de cada persona contribuyó a sostener la funcionalidad y la independencia por más tiempo. La liberación de endorfinas y la estimulación de la plasticidad neuronal durante la actividad física ayudaron a regular el ánimo y a obtener una mejor calidad del sueño reparador.
Respecto a la implementación de estas rutinas, la doctora El Haj recomendó la incorporación de esquemas que combinaran ejercicios aeróbicos, de fuerza y de equilibrio. La especialista hizo especial hincapié en que estas actividades se realizaran preferentemente en los momentos del día en que la medicación ofreció su mayor efecto (períodos ON). "Iniciar la actividad de forma temprana y sostenerla en el tiempo es fundamental", aseguró la médica al referirse a la adherencia al ejercicio.
La regularidad se transformó en el factor determinante para el éxito de la terapia física. En la ciudad, diversos centros de salud y consultorios de neurorehabilitación fomentaron la participación de los adultos mayores en programas específicos. Estos espacios permitieron que el ejercicio se desarrollara en un entorno seguro y supervisado, donde se priorizó la seguridad del paciente y se adaptaron las cargas de trabajo según las limitaciones motoras presentes en cada etapa.
El rol central del entorno familiar y el apoyo emocional
Otro de los pilares que destacó la especialista de Ospedyc fue el papel que desempeñó el entorno del paciente. El acompañamiento de la familia y los cuidadores cumplió un rol central en la evolución de la enfermedad. El apoyo emocional no solo ayudó a sobrellevar el impacto del diagnóstico inicial, sino que se volvió un factor decisivo para que el paciente mantuviera su adherencia al tratamiento médico y a las rutinas de ejercicio.
La seguridad en el hogar fue otro punto donde la familia debió intervenir de forma activa. La adaptación de los espacios físicos, como la eliminación de alfombras sueltas, la instalación de barras de apoyo en baños o la mejora de la iluminación, favoreció un entorno más seguro para quien padecía dificultades en la marcha. Estas modificaciones permitieron que el paciente se desplazara con mayor confianza, reduciendo la ansiedad asociada a la posibilidad de sufrir accidentes domésticos.
La participación activa de los familiares en las consultas médicas permitió un mejor control de la medicación y de los cambios en los síntomas. Al ser quienes convivieron diariamente con el paciente, los familiares pudieron identificar de forma temprana las fluctuaciones en el estado de ánimo o en la movilidad que quizás no se manifestaron durante la breve visita al consultorio. Esta comunicación fluida entre el entorno y el sistema de salud mejoró sustancialmente la calidad de vida de los afectados.
Para concluir, El Haj insistió en que transitar la enfermedad con bienestar y autonomía solo fue posible desde un enfoque integral. Combinar el tratamiento farmacológico riguroso con la actividad física constante y una red de contención sólida permitió a miles de pacientes mantener una vida activa y digna. "Abordar el Parkinson desde un enfoque integral permite transitar la enfermedad con mayor bienestar y autonomía", finalizó la directora médica en su análisis sobre la patología.
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