Migrantes
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Desde chico me acostumbré a los viajes en micros de larga distancia. Mis parientes vivían en Mar del Plata y Buenos Aires y como nosotros nos habíamos instalado acá en Tandil, éramos quienes debíamos viajar para visitarlos. Lo hacíamos una o dos veces por mes y por lo general salíamos en el primer micro del día. La ceremonia –porque en algún sentido lo era- empezaba muy temprano. Mi mamá nos despertaba a mi hermana y a mí. No me resultaban gratos esos madrugones, sobre todo en invierno, pero la idea de reencontrarme con mi abuela, mis tías y mis primos era lo suficientemente tentadora como para dejarme arrancar de la tibieza de las frazadas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailYo desayunaba como siempre: un café con leche con pan y manteca. Mi hermana, apenas un té, porque se descomponía en los viajes.
Recuerdo claramente el olor de aquellas mañanas en la terminal: mezcla de gasoil quemado, cubierta, pis, tabaco y desinfectante para piso. Todo eso le provocaba náuseas a mi hermana, que empezaba a vomitar antes de subirse al colectivo y seguía casi hasta llegar. A mí me daba asco verla y escuchar sus arcadas. No podía separar una cosa de la otra: colectivo, olores, asco. Cuando me hice grande y comencé a viajar solo, entendía que esa mezcla de olores fuertes tenía cierto encanto: el de viajar, sí. Pero sobre todo el de sentirse nómade. Que ese no lugar que son las terminales tampoco es el nuestro, como no lo son el micro ni la casa de los parientes. Ni siquiera nuestra propia casa, que nos aguardaba a la vuelta. Hay cierta fascinación en saberse de ningún lado.
