A casi ochenta años de un célebre concurso de cantores
Tuvo lugar en el famoso "Café Colón" de Rodríguez al 600 y reunió a más de doscientos jilgueros que noche a noche, durante casi cuatro meses, matizaron con sus sonidos guturales las reuniones del tradicional ámbito nocturnal.
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Concursos de cantores hubo muchos a través del tiempo y en todas las épocas, pero tal vez ninguno alcanzó tanta notoriedad como el que tuvo lugar en el "Café Colón", casi ocho décadas atrás.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHabía muerto Gardel poco antes, cuando los dueños del negocio -ubicado en Rodríguez al 600, frente casi al cine Americano- y un grupo de parroquianos, organizaron el certamen un par de meses después de la tragedia de Medellín.
Poco más de doscientos aficionados participaron de la puja, los que se fueron eliminando por el voto de los asistentes durante varias noches, hasta que al cabo de cuatro meses, en medio de una expectativa general que en cada velada llenaba de bote a bote la amplia sala, llegó la instancia final.
José Angelillo e Isidro Alpertese aprestaron para la gran tenida gutural. Y era tan reñida la pulseada, era tanta la expectativa -incentivada, desde luego, por la gran cantidad de "patacones" confiada a los gargueros de ambos contendientes- que los adictos a uno y otro finalista tomaron las precauciones del caso para garantizar, a las buenas o como fuera, la limpieza en el recuento de los votos.
Alperte puso a los suyos y Angelillo también. Y "los suyos" de uno y otro lado, no eran, desde luego, mozos fáciles de arrear.
Entre cuchilleros, "fiocas" y "caferatas" -hombres que se hacían respetar todos- fue la elección. Cuando los jilgueros terminaron con su faena en medio de atronadores aplausos y un estentóreo vocinglerío que parecía echar las paredes abajo, se hizo el más absoluto silencio al aguardo del resultado. Y hecho el recuento pertinente, fue anunciado el veredicto: Angelillo… ¡por cuatro votos! Y no hubo apelación.
No podía haberla, porque si bien quienes respaldaban a Alperte eran hombres de la talla de Tito Fernández y Juan Santoro, del otro lado no le iban en zaga. Porque si Yiyo Gogorza -hermano del tan recordado tanguero Argentino Gogorza- pisaba fuerte, a su lado estaba nada menos que "el zurdo" Andrade, hijo de Julián Andrade, compañero de Juan Moreira. Y éste sí que era toda una garantía de no dejarse llevar por delante. La ventaja se mantuvo firme. Los "patacones" fueron a parar a los bolsillos de los adictos al triunfador. Y en medio de una euforia delirante, fue proclamado y ovacionado el vencedor.
En ese momento los bandoneones de Peralta y Delahora y los violines de Amasino y Montaruli, comenzaron a rezongar. Entonces José Angelillo volvió a cantar -tal vez como nunca- el tango de Arquímedes Arci "Consejos de Oro" con el que había ganado.
Aquel que comenzaba diciendo "Yo era un purretito cuando murió mi viejo/fue tanta la miseria que mi viejita y yo/ comíamos llorando el pan amargo y duro/ que en horas de miseria mi mano mendigó." Interrumpido por aplausos y aclamaciones, prosiguió: "Mi pobre viejecita lavando ropa ajena/ quebraba su espinazo al pie del piletón, / por míseras monedas con que calmaba apenas/ las crueles amarguras de nuestra situación".
Y remató con una recomendación cantada a todo pulmón: "A usted amigo que es tan joven, le daré un consejo de oro:/deje farras y milongas… que jamás le ha de pesar, /cuide mucho a su viejita, que la madre es un tesoro;/ un tesoro que al perderlo otro igual no ha de encontrar. / Y no haga como aquellos que se gastan en placeres y se olvidan de la madre, y no les importa su dolor;/que la matan a disgustos y recién cuando se muere, /se arrepienten y la lloran y comprenden su valor".
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