El enigma del votante del que se sabe todo. Y sorprende igual
Las encuestas fallan con asiduidad. Quizás no por defectos técnicos, sino porque miden lo que el ciudadano dice creer, cuando lo que determina su voto es algo más profundo e incómodo: una distancia entre conciencia y conducta que atraviesa todo el espectro ideológico. Siguiendo a Sloterdijk y Žižek podemos llamarlo cinismo electoral. Argentina es su laboratorio más transparente.
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Hay una escena que se repite con extraña puntualidad en diferentes ciudades de Argentina. Un docente universitario, o un contador, o un profesional de salud con trabajo en el sector público, termina su jornada, se sienta a la mesa y, mientras espera que cargue una serie en una plataforma de streaming, le explica a su pareja con toda precisión por qué el modelo económico vigente es insostenible, por qué las tarifas son un ajuste sobre los de abajo disfrazado de racionalidad técnica, y por qué votar a tal o cual candidato es votar contra los propios intereses. Al día siguiente facturará lo que pueda en negro para no perder poder adquisitivo, mandará a sus hijos a un colegio privado porque la escuela pública "no es la de antes", y comprará dólares si tiene un excedente.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPero el mismo patrón se repite, especularmente, en la vereda de enfrente. Un empresario mediano, o un profesional liberal, o un ejecutivo de una firma multinacional, termina su semana laboral y le explica a sus socios con toda convicción por qué el Estado debe achicarse, por qué el gasto público destruye el tejido productivo y por qué cualquier política redistributiva es un atajo al populismo. Al día siguiente presentará a su empresa en una licitación estatal, reclamará los subsidios sectoriales que le corresponden, y gestionará ante sus contactos en la administración alguna excepción arancelaria conveniente.
No hay hipocresía consciente en ninguno de los dos casos: el sistema los contiene, y ellos lo saben mejor que nadie. Simplemente, saben. Y seguirán haciendo lo mismo pasado mañana.
Ahora bien: ¿cómo votan estos ciudadanos? Los encuestadores llevan décadas intentando responder esa pregunta y, con una regularidad que ya resulta difícil atribuir a la mala suerte, se equivocan. Se equivocaron en 2019, cuando el resultado de las PASO sacudió al mercado como si nadie lo hubiera anticipado. Se equivocaron en 2023, cuando la magnitud del fenómeno Milei desbórdó todos los modelos. Se equivocan en mayor o menor medida en casi cada elección relevante del mundo occidental desde hace veinte años: el Brexit, Trump, Bolsonaro. El fracaso es tan sistemático que ya no puede explicarse por errores metodológicos puntuales. Algo más está fallando. Y ese algo no tiene que ver con cómo se diseñan las encuestas, sino con qué es lo que realmente determina un voto.
Lo que las encuestas miden y lo que no pueden medir
La explicación técnica del fracaso de las encuestas es conocida y en parte válida: problemas de representatividad muestral, dificultades para modelar la participación real, el efecto espiral del silencio que lleva a ciertos votantes a ocultar su intención. Pero estas explicaciones son insuficientes porque tratan el problema como si fuera de ingeniería, cuando en realidad es filosófico. Las encuestas parten de un supuesto que raramente se explicita: que el ciudadano tiene una opinión relativamente estable, que esa opinión se traduce en intención de voto, y que esa intención, a su vez, se traduce en conducta electoral. Tres pasos, tres supuestos. Y los tres son cuestionables.
El ciudadano de la escena inicial sabe perfectamente lo que piensa del sistema. Pero entre lo que piensa y lo que hace en el cuarto oscuro hay una brecha que ningún encuestador puede cruzar con una pregunta cerrada. Esa brecha no es irracionalidad ni ignorancia: es, precisamente, la grieta donde vive la política real. Entender por qué existe esa grieta, y por qué se ha ensanchado hasta hacer inútiles los instrumentos de medición convencionales, requiere salir del campo de la estadística y entrar en el de la filosofía política. Y los pensadores que mejor la han cartografiado no son politólogos, sino un filósofo alemán de la cultura y un provocador esloveno formado en el psicoanálisis lacaniano.
Sloterdijk: cuando saber la verdad deja de ser subversivo
En 1983, Peter Sloterdijk publicó su Crítica de la razón cínica, un tratado que comenzaba con una pregunta aparentemente simple: ¿por qué la Ilustración, ese proyecto emancipador que prometía liberar a la humanidad a través del conocimiento y la razón, produjo sujetos más lúcidos, pero no más libres? La respuesta que ofrece es tan elegante como desconcertante: porque el proceso de desilusión colectiva fue tan profundo que el resultado no fue la liberación, sino la resignación inteligente.
Para entender este diagnóstico, Sloterdijk recupera una distinción etimológica fundamental. Diferencia entre el kynismo griego —con k— y el cinismo moderno —con c—. El primero es el de Diógenes de Sínope, quien desafiaba al poder desde abajo, con el cuerpo, la risa y la provocación directa. Era una resistencia activa, vitalista, que usaba la verdad como arma subversiva. El segundo, el cinismo moderno, es una inversión perversa de aquél: ya no es la crítica de los marginados al poder, sino la distancia irónica de quienes están integrados al sistema y lo sostienen conscientemente. El cínico moderno no desafía al poder; simplemente, no le cree. Y esa incredulidad le sirve de coartada para seguir obedeciendo.
La tesis central de Sloterdijk es lo que denomina la "falsa conciencia ilustrada". Convengamos que ciertas ideologías son un mecanismo de engaño: los dominados no saben lo que hacen, son víctimas de una ilusión que los mantiene sumisos. Pero Sloterdijk argumenta que esta fórmula quedó obsoleta. El sujeto contemporáneo sí sabe. Sabe que el consumo excesivo destruye el planeta, que las instituciones están capturadas por intereses económicos, que la meritocracia es en gran medida una ficción. Y actúa exactamente igual. La ideología ya no necesita ocultar la verdad porque el conocimiento de la verdad dejó de ser subversivo. Aplicado al voto: el ciudadano sabe que el candidato miente, conoce los mecanismos de la promesa electoral, entiende las restricciones estructurales que harán irrealizables los programas de gobierno. Y vota igual, o precisamente por eso.
Žižek: la ilusión no está en la mente, está en nuestros actos
Slavoj Žižek recoge el guante de Sloterdijk y lo lanza más lejos, añadiendo un giro psicoanalítico que hace el diagnóstico aún más incómodo. Si Sloterdijk se detenía en la conciencia —en el hecho de que el cínico sabe, pero sigue actuando igual—, Žižek desplaza el problema: la ilusión no reside en lo que pensamos, sino en lo que hacemos. La ideología no es un velo mental; es una estructura que se inscribe en nuestras prácticas cotidianas, independientemente de nuestras convicciones íntimas.
El ejemplo que usa Žižek para ilustrar esto es el del dinero, pero en Argentina ese ejemplo adquiere una transparencia casi didáctica. El ciudadano de clase media de cualquier ciudad sabe, con una claridad que pocos economistas expresarían mejor, que el peso es una ficción administrada: conoce la brecha, sigue el dólar blue con la misma naturalidad con que otros siguen el pronóstico del tiempo, y puede explicar con precisión técnica por qué la moneda nacional no es una reserva de valor confiable. Sin embargo, cobra en pesos, paga sus impuestos en pesos, negocia su sueldo en pesos, y cuando logra ahorrar unos dólares los esconde en efectivo porque tampoco confía del todo en los bancos. No actúa según lo que sabe: actúa según la estructura que lo contiene, aunque esa estructura le parezca absurda. La ilusión no está en la creencia consciente —nadie en Argentina "cree de verdad" en el peso como los creyentes creen en Dios—, sino en el comportamiento que sigue reproduciéndolo como si funcionara. En términos lacanianos, el mercado cambiario desdoblado es quizás el gran Otro más honesto del mundo: todos saben que es una construcción arbitraria sostenida por la necesidad colectiva de que funcione, y aun así le obedecen. Argentina, en este sentido, no es una anomalía del capitalismo global: es su radiografía más descarnada.
Žižek introduce además el concepto de fetiche para describir el mecanismo psíquico que permite esta escisión. El marxismo cínico, que es un oxímoron provocador, es la variante que más interpela al autor de esta nota —pero no la única. Funciona como un fetiche: la crítica teórica al sistema sirve como compensación simbólica que permite participar en él sin sentir culpa. El militante de superficie que los jueves comparte hilos en redes sobre extractivismo o soberanía alimentaria, y lleva a sus hijos a un colegio bilingüe privado porque "la educación pública ya no es lo que era", no usa ese saber para transformar nada: lo usa para mantener intacta su autopercepción de sujeto crítico mientras toma decisiones cotidianas que reproducen exactamente el orden que denuncia. Lo mismo vale para el profesional que lee a Piketty y factura parte de sus honorarios en negro para no tributar; o para el militante que conoce de memoria la teoría de la dependencia y compra en cuotas sin interés en una cadena de retail multinacional porque "si no lo hago yo, lo hace otro". Pero el fenómeno no es exclusivo de la izquierda: su imagen especular existe en el votante liberal que invoca a Hayek o Friedman en el desayuno y antes de la cena llama a su contador para aprovechar un régimen de promoción industrial pública, o que exige menos Estado para todos menos para el sector que a él lo beneficia. En ambos casos, la teoría se convierte en una mercancía más: se consume para obtener un goce —el placer narcisista de la lucidez, de poder decir "yo sé cómo funciona esto"— que, lejos de ser subversivo, actúa como válvula de escape que hace más tolerable, y por tanto más estable, el orden existente.
El voto cínico: por qué las encuestas miden la máscara y no el hábito
Volvamos al ciudadano del principio y a la pregunta que dejamos abierta: ¿cómo vota? Si aceptamos la tesis de Žižek, las encuestas fallan porque intentan medir la conciencia —lo que el ciudadano dice o cree que cree— cuando lo que realmente define el resultado es la fantasía ideológica inscripta en la acción: lo que el ciudadano hace en el cuarto oscuro para que su realidad cotidiana no colapse.
En una sociedad de cínicos electorales —de izquierda, de derecha o de centro— existe una presión constante por parecer consciente. El individuo responde a los encuestadores según lo que Sloterdijk llamaría el superyó social: lo que es correcto decir, la respuesta que no lo hace quedar como un ignorante o un egoísta. El que vota a la izquierda declara que le preocupa la desigualdad y la educación pública; el que vota a la derecha, que le preocupa la libertad económica y el orden fiscal. Pero en el acto de votar opera en ambos casos la lógica de la autopreservación material: el voto por lo que garantiza que la pequeña cuota de estabilidad y consumo del sujeto no se altere, aunque ese candidato sea precisamente el que ese mismo sujeto describía con desprecio durante la conversación con el encuestador. Las encuestas captan la máscara; el voto revela el hábito.
Hay además un segundo fenómeno que los instrumentos de medición son estructuralmente incapaces de capturar: el “voto castigo cínico”. Una fracción significativa del electorado contemporáneo no vota por el candidato que considera más capaz o más honesto —porque sabe que ninguno lo es de forma sustancial—, sino por el que mejor expresa su desprecio por la farsa. El sistema es percibido como teatro, y el sabotaje al guion se convierte en la única forma de participación que parece auténtica. El encuestador pregunta por preferencias racionales; el votante emite un gesto. Por eso Milei, por eso Trump, por eso el voto en blanco que sube en cada elección en municipios donde la oferta electoral lleva décadas sin renovarse. No son votos irracionales: son votos perfectamente coherentes con la lógica del cínico que ya no cree en el sistema, pero sigue viviendo dentro de él.
La política como espectáculo para el cínico
Esta sociedad que describían Sloterdijk y Žižek no llegó al cinismo de forma espontánea: el sistema le construyó un hábitat perfecto. Guy Debord ya lo había anticipado en 1967 con su concepto de la sociedad del espectáculo: en un mundo donde la representación de la realidad ha sustituido a la realidad misma, la experiencia política se convierte en consumo de imágenes. Lo que Debord no podía prever era el grado de sofisticación con que ese espectáculo aprendería a incorporar su propia crítica.
La política actual habla directamente al cínico. Ante un electorado que ya no cree en los programas ni en las promesas —porque sabe, con perfecta lucidez, que los políticos mienten y que las estructuras de poder son más resistentes que cualquier gobierno—, la estrategia racional no es intentar convencer con argumentos. Es gestionar emociones: la bronca, el desprecio, la identificación tribal. Los líderes que prosperan en este entorno no son los más honestos sino los que dominan con más pericia la estética de la honestidad. Dicen en voz alta lo que el ciudadano cínico piensa en privado, y eso produce un efecto de reconocimiento que suplanta a la confianza.
El periodismo no escapa a esta lógica y, en muchos casos, la profundiza. Ante una audiencia que sospecha de cada fuente y ha internalizado la idea de que toda información es potencialmente sesgada, el periodismo sobrevive a menudo adoptando la misma distancia irónica que su audiencia. Se convierte en árbitro de un espectáculo más que en investigador de la realidad. El ciudadano se indigna, comenta, comparte —su pequeña cuota de marxismo crítico de redes sociales— y sigue con su vida sin que nada cambie estructuralmente. Esta indignación sin acción no es un fallo del sistema: es su funcionamiento más eficiente.
La incomodidad como único punto de partida honesto
Formulado así, el diagnóstico parece sellado herméticamente: si la crítica al sistema refuerza al sistema, si la lucidez es el mecanismo de domesticación más sofisticado del capitalismo tardío, si incluso la incomodidad con el cinismo puede ser reabsorbida como una actitud más en el menú identitario disponible, ¿qué queda? Ni Sloterdijk ni Žižek ofrecen recetas fáciles, y esa negativa a la consolación es en sí misma parte de su honestidad intelectual.
Sloterdijk apunta hacia la recuperación de algo parecido al kynismo original: no la crítica distante e irónica, sino la intervención que compromete al cuerpo y a la acción, que asume el riesgo de la incoherencia y de la exposición. Žižek insiste en que la salida del cinismo no pasa por más saber sino por el acto: comprometerse con algo de forma incondicionalmente seria, aunque ese compromiso resulte ridículo o desfasado desde la perspectiva del sujeto cínico. El verdadero subversivo, sostiene, no es el que se ríe de todo sino el que, paradójicamente, se toma las cosas en serio cuando el código dominante exige ironía.
Más que una solución, lo que estos pensadores nos ofrecen es un espejo que pocos queremos mirar. El cinismo electoral no es una patología de los otros —de los políticos corruptos, de los medios manipuladores, de los votantes irracionales—. Es la condición en la que la mayoría de los lectores de este artículo, incluido quien lo escribe, operamos cotidianamente. El marxismo cínico no es la única expresión teóricamente articulada, el fenómeno atraviesa todo el espectro y baja hasta el nivel más concreto de la vida cotidiana. Existe un liberalismo cínico perfectamente accesible a la clase media y media-baja: el empleado en relación de dependencia que vota sistemáticamente contra el Estado y al día siguiente lleva a su hijo al hospital público sin que eso le genere ninguna disonancia visible; el pequeño comerciante que exige desregulación y cero intervención estatal, pero tramita con diligencia cada línea de crédito subsidiado que el mismo Estado ofrece; o el vecino de un barrio carenciado que no puede acreditar la escritura de su terreno —ocupado hace décadas en condiciones idénticas— pero se indigna públicamente ante una nueva toma. Existe también un conservadurismo cínico que no requiere corbata ni country: es el trabajador que predica el esfuerzo y la meritocracia con absoluta convicción, pero que en la práctica sabe perfectamente que algunos trabajos se consiguen por contacto, el favor de un conocido, y opera en consecuencia sin que eso altere su discurso ni tenga conciencia de una contradicción. Y existe un progresismo cínico igualmente doméstico: el militante de causas ambientales que exige políticas de Estado mientras descarta la separación de residuos en su edificio porque “acá no funciona nada”, o el que defiende la diversidad cultural en las redes y en la mesa familiar reproduce, sin notarlo (o no) , los mismos prejuicios que denuncia. Reconocerlo no es un gesto de autoflagelación ni de nihilismo: es el mínimo de honestidad intelectual que el diagnóstico exige como punto de partida.
Y esa actividad, por ahora, sigue siendo la del cínico electoral en cualquiera de sus variedades: el que analiza el mundo con Marx y lo vive mirando el tipo de cambio blue en el teléfono, pero también el que invoca a Hayek y cobra sus subsidios en silencio. Uno y otro conocen la historia de cada crisis, pueden trazar la genealogía de cada ajuste, y sin embargo actúan dentro del sistema que critican porque el sistema en el que no creen es el único que tienen. La brecha entre lo que se sabe y lo que se hace, entre el diagnóstico y la conducta, es, quizás, la fisura más honesta desde la cual pensar la política argentina y, con ella, la de cualquier sociedad que ya no puede permitirse el lujo de creer en sus propias ilusiones. Las encuestas seguirán fallando mientras sigan midiendo lo que decimos. El voto mide lo que somos cotidianamente.
Referencias conceptuales: Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica (1983); Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología (1989); Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967).
Dr. Héctor Oscar Nigro
Ingeniero de Sistemas (UNICEN)
Maestría en Sociología y Ciencias Políticas (FLACSO)
Doctor en Matemática Computacional (UNICEN)
Docente - Instituto de Tecnologías Informáticas Avanzadas, Facultad de Ciencias Exactas
Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil