“No nos vengáis con la ley, que nosotros portamos armas”
Por Daniel Xodo
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Cneo Pompeyo Magno. Político y militar romano. (106 a C.- 48 a C.)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPrimera centuria antes de Cristo. La República romana muestra signos de agotamiento. Luego de cuatrocientos años de haber expulsado a los reyes etruscos y con un crecimiento territorial, político y social notable, la crisis era evidente. La desigualdad y los enfrentamientos sociales que las conquistas habían producido, la erosión de las instituciones, las guerras y el caudillismo habían generado la inestabilidad precursora de grandes cambios.
En estos tiempos surgen dos líderes encaminados a disputarse la primacía en Roma: Cesar y Pompeyo.
Pompeyo nace en una familia rica y se abre camino en la carrera administrativa y militar de la República. Arma legiones a sus expensas (cuyos gastos recuperará con creces luego), se gana la adhesión incondicional de su tropa a quienes beneficia generosamente en las conquistas. Recibe el reconocimiento de Sila - hombre poderoso entonces – y naturalmente de los “optimates” (la clase senatorial que manejaba la República romana), lo cual lo separa gradualmente de César –sobrino y afín con Mario, que representaba a los “populares”, que era la mayoría con menores recursos que sufría la crisis económica de la época.
Pompeyo lucha y triunfa en España, en Oriente, en la península itálica; le arrebata a Craso el mérito de haber derrotado a Espartaco, líder de la rebelión de esclavos, por el solo hecho de vencer en la última batalla – lo cual le significará el resentimiento y odio perenne de éste, aún años después integrando con César el Primer Triunvirato. Exige reconocimiento a sus triunfos, que el Senado le otorga, más allá de los usos establecidos. Comete actos de extrema crueldad, pero también de indulgencia inesperada. Casi siempre muy influenciado por quienes le acompañaban y carente, en gran medida, de la intuición política que tenía Julio César.
Cuentan que habiendo tomado la ciudad de Messina, sus habitantes se niegan a ser sometidos por Roma argumentando pactos y acuerdos previos existentes, a lo cual Pompeyo responde:
“No nos vengáis con la ley, que nosotros portamos armas”
Pompeyo cambia oportuna y sucesivamente de bando, pero llegado el enfrentamiento con César (que no ha licenciado sus legiones y ha cruzado el Rubicón en la apuesta final) se apoya nuevamente en el senado y debe huir de Roma.
“En cualquier parte de Italia que yo golpee el suelo con el pie saldrán legiones” dice Pompeyo.
Y es cierto. Sus tropas y recursos son ampliamente superiores a los de César. El enfrentamiento final será en Farsalia,(Grecia).
César ha sufrido mucho para cruzar desde Italia. Ha sufrido una derrota que Pompeyo no sabe aprovechar. Y ya en Farsalia, la noche previa a la batalla, mientras Pompeyo celebra su seguro triunfo con los senadores y disfruta de un banquete, César come, al igual que sus soldados, un rancho de trigo con algunos aditivos.
Derrotado y en fuga, Pompeyo llega a Egipto donde el faraón lo hará asesinar para congraciarse con César.
El llanto de Julio César al recibir la cabeza de Pompeyo y su posterior castigo a los asesinos serán un reflejo del afecto y consideración que tenía por su yerno y adversario.
No muchos años después, Cesar sería asesinado en el Senado y su cuerpo caería, fatídicamente, a los pies de la estatua de Pompeyo.
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